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UN RELATO BREVE ILUSTRADO · 02

Una mujer deja dinero en el mostrador de una farmacia y se marcha

Crimen · Ficción especulativa16 min de lecturaDos capítulosPrimer capítulo gratis

La farmacéutica Nina Shah espera una venta corriente cuando una mujer pide un antiséptico. Sin embargo, la clienta deja un sobre con 250.000 libras y se va sin recoger el cambio. La caja registra el dinero con el código de empleada de Nina, aunque ella no ha introducido esa operación.

Un hombre vestido de mantenimiento busca el sobre, y Nina reconoce la voz de una cuidadora del barrio que pide ayuda desde el sótano. La mujer lleva documentos sobre entregas sospechosas. Cuando los relojes y los registros empiezan a contradecirse, Nina debe averiguar quién dejó el efectivo y por qué. El relato combina una investigación criminal con sucesos que se apartan del curso normal del tiempo.

Leer el primer capítulo
Una mujer mayor deja un sobre con dinero en el mostrador de la farmacia
Todos los relatos y personajes son ficticios. Las ilustraciones generadas con IA representan escenas ficticias.

Primer capítulo

La mujer del mostrador

El mostrador nocturno de Calder Pharmacy permanecía abierto para quienes recibían el alta hospitalaria cuando las tiendas normales ya habían cerrado. A Nina Shah, la farmacéutica de guardia, le gustaba ese trabajo. Se vendían menos jabones perfumados y llegaban más clientes que necesitaban que alguien leyera dos veces una etiqueta sin hacerlos sentirse torpes. El jueves por la noche entró una mujer cinco minutos antes del tramo más tranquilo del turno. Llevaba abrigo verde pese al tiempo templado y un paraguas cerrado en torno al mango. Pidió antiséptico y vigiló el reloj del dispensario mientras Nina lo buscaba. Le temblaban las manos cada vez que el segundero se acercaba al tres.

El frasco costaba tres libras con veintinueve peniques. La mujer dejó en el mostrador un sobre sencillo, pesado de billetes de veinte, y se fue antes de que Nina le diera el cambio. «Por la hora que pierdes», susurró. Nina la llamó, pero no se volvió. Había empezado a llover al otro lado de las puertas automáticas; cuando Nina salió a la acera, solo vio el autobús nocturno doblando la esquina. La mujer había dejado dinero en el mostrador de la farmacia y desaparecido. Al volver, Nina encontró el reloj detenido a las 2:17 y la impresora de recibos funcionando sin venta alguna. Expulsó una tira con B17, la fecha de mañana y el teléfono de la propia farmacia.

Nina contó el dinero detrás del mostrador: 250.000 libras. Un cliente podía pagar de más por error, pero nadie abandonaba por accidente esa cantidad y huía. En la solapa del sobre había un diminuto dibujo de una puerta sin tirador. Nina había visto la misma figura en la muñeca de un hombre que vino la semana anterior a preguntar si guardaban abajo las antiguas recetas en papel. Llevaba uniforme gris de mantenimiento y no mostró identificación adecuada. Ella le dijo que el sótano era un almacén. Después encontró la cerradura manipulada, aunque no faltaba nada del inventario.

Un hombre con ese mismo uniforme apareció en la puerta de cristal. No llevaba herramientas y sus botas estaban secas. «Una mujer ha dejado aquí un sobre», dijo cuando Nina lo dejó entrar. Ella lo escondió bajo el mostrador. «La gente deja cosas», respondió. Él miró la cámara del techo. La luz roja de grabación se apagó. Preguntó cuándo volvería el doctor Patel. Nina dijo que en cinco minutos, aunque se había ido a casa una hora antes y ella estaba sola. El hombre sonrió, cogió un frasco de antiséptico y lo devolvió exactamente al mismo sitio. «Me llamarás cuando te acuerdes», dijo.

Cuando se marchó, Nina cerró las puertas y llamó al contacto de emergencia. El doctor Patel estaba dormido y molesto hasta que mencionó la cámara. Le dijo que no tocara el dinero y llamara a la policía. Nina lo intentó. El móvil mostraba cobertura, pero no conectaba; el teléfono del local daba tono y luego una ráfaga de estática. El recibo seguía diciendo mañana. Más inquietante aún: el terminal de ventas mostraba una factura de 250.000 libras con su código de empleada, registrada a las 2:17. Ella no la había hecho. La descripción era CUSTODIA TEMPORAL, algo que no pertenecía a ninguna categoría de existencias.

Fotografió la pantalla. La imagen desapareció de la galería mientras la miraba. En su lugar apareció otra: una mujer mayor delante de Calder Pharmacy, bajo un rótulo desconocido. Tenía el pelo salpicado de plata, pero Nina reconoció su propio rostro. Llevaba el abrigo verde y sostenía el paraguas cerrado. La fecha de la imagen estaba diecinueve años en el futuro. Nina dio la vuelta al móvil y se lo guardó. Estaba cansada, se dijo; alguien había introducido un archivo por la red del local. Sin embargo, la mujer entró mientras la red estaba caída.

La impresora volvió a arrancar. Esta vez produjo seis direcciones: la lavandería de Bell Street, Calder Pharmacy, el gimnasio de la antigua estación, una casa al norte del río, el cementerio de Westgate y un edificio de oficinas donde iban a cambiar los techos. Nina arrancó el papel. Su madre había conservado un mapa de la ciudad dibujado a mano con tres de esos lugares rodeados. Entonces creyó que tenía relación con su trabajo como empleada de archivos municipales. Tras su muerte, el mapa acabó en una caja con cartas que nadie sabía contestar. Nina llevó la caja a casa, pero nunca la abrió.

El teléfono del local sonó antes de que lo alcanzara. Respondió por instinto. Una mujer dijo estar en la lavandería y haber encontrado un abrigo ajeno con dinero en un bolsillo. De fondo, Nina oyó detenerse todas las máquinas a la vez. Escuchaba la respiración superficial de la mujer, el tintineo de una moneda cayendo en algún sitio y un golpe fuerte dentro de un tambor metálico. El reloj seguía a las 2:17. «No lo gastes», dijo Nina. «El dinero es una señal». Vio al hombre uniformado al otro lado del cristal, observándola desde la acera contraria, y colgó antes de poder añadir nada.

Por un instante recordó dos versiones de la llamada. En una había advertido a la mujer que mirara el monitor de seguridad. En la otra no lo había mencionado. Se le aceleró el pulso. Escribió ambos recuerdos detrás de un bloc de pedidos de medicamentos, con la hora en que creía haber oído cada uno. Un cajón se abrió en el dispensario. Dentro estaba el sobre que había escondido bajo el mostrador, aunque aún podía sentirlo allí con la mano. Lo comprobó. Ahora había dos sobres, idénticos hasta en una pequeña mancha de aceite junto a una esquina.

Abrió el del cajón. Contenía seis fotografías de la misma esquina de la ciudad en años distintos. El rótulo de la farmacia cambiaba de color, pero el escaparate conservaba una peculiar grieta triangular que Nina recordaba que Patel se negaba a arreglar. En la más antigua había una joven bajo el letrero con una carpeta azul. En la más reciente, una Nina mayor sostenía una llave de latón. Detrás, en la letra inclinada de su madre, había una frase: NO DEJES QUE CIERREN LA PUERTA CON GENTE DENTRO. Nina había repasado esa letra en autorizaciones escolares durante años. Una impresora podía imitarla; la presión del bolígrafo era más difícil de explicar.

Nina volvió a llamar a Patel. Él preguntó si había movido el sobre. Dijo que quizá hubiera dos. Su voz cambió. Le ordenó cerrar la entrada lateral y alejarse de la puerta del sótano. Era la primera vez que mencionaba esa puerta. Antes de que pudiera preguntar por qué, llegaron tres golpes secos desde debajo del suelo. Patel dijo que iba para allí. La llamada terminó con un extraño roce, como si alguien hubiese levantado otro auricular a mitad de conversación. Nina también lo anotó. Si el tiempo y los archivos podían cambiar, el papel era lo único que podía contrastar con su propia letra.

A las 2:23 volvió la luz de la cámara. El monitor mostraba seis minutos por adelantado. Nina se vio entrar en el dispensario, coger una bandeja de plástico y deslizarla por el suelo hacia la puerta del sótano. En la imagen emergió de abajo una joven empapada, con una carpeta azul. Detrás apareció un hombre de gris. La Nina futura levantó la bandeja como un escudo. La pantalla se apagó antes de mostrar lo siguiente. El dispensario real permanecía en silencio. Nina encontró la bandeja en una estantería y la acercó a la puerta; si la imagen era una advertencia, podía mejorarla.

Del sótano llegó una voz pidiendo ayuda. Nina la conocía. Era Leila Price, una cuidadora de la zona que recogía cada quince días la medicación de su padre. Tres días antes había venido con un moratón en la muñeca y dicho que se había caído por las escaleras. Preguntó si la farmacia guardaba copias de albaranes firmados, pero retiró la pregunta cuando pasó fuera un hombre de uniforme gris. Nina se preocupó, aunque no volvió a investigar. Ahora Leila parecía tener dificultades para respirar. Nina cogió la bandeja y abrió la puerta.

Los escalones bajaban al almacén conocido: cajas de apósitos, viejos expositores, una tabla con el inventario. Tras la última estantería había un pasillo que nunca había visto. Sus baldosas tenían el mismo color que el paso ferroviario exterior. Leila esperaba al fondo abrazada a una carpeta azul. Le goteaba el pelo, aunque el sótano estaba seco. «Están cambiando los registros», dijo. «Pensé que las copias en papel sobrevivirían». Detrás, el hombre de gris abrió otra puerta. Nina empujó la bandeja por el pasillo. Le golpeó las rodillas y dio a Leila tiempo suficiente para alcanzar la escalera.

Subieron corriendo y cerraron el dispensario. Leila dejó la carpeta sobre el mostrador. Contenía facturas de una empresa que suministraba armarios nuevos para medicamentos a clínicas, salvo que los números de serie correspondían a remesas de dinero. Cada vez que se introducía una factura, cambiaba en los archivos locales el domicilio o el estado de defunción de un paciente. Las cantidades eran pequeñas y parecían mantenimiento corriente. Leila descubrió el patrón mientras ayudaba al centro médico de su padre a cotejar expedientes antiguos. Tres pacientes registrados como fallecidos habían sido vistos en la ciudad después de sus supuestos funerales. Uno era su amigo Daniel, desaparecido tras presentar una reclamación formal.

Nina preguntó si la policía lo sabía. Leila había llevado una copia a un detective, que la archivó; después la propia denuncia desapareció del sistema. Conservó los originales porque su padre confiaba en el papel. El hombre de gris la siguió hasta la farmacia donde, según las facturas, debía llegar una remesa. Nina miró las 250.000 libras del sobre. Coincidían con la cantidad de la factura más reciente y no guardaban relación con el coste de las existencias. Alguien había usado la transacción para anclar una hora en la que Leila pudiera escapar con la carpeta. La mujer mayor del abrigo verde había pagado exactamente por esa oportunidad.

El reloj saltó de las 2:17 a las 3:15. Faltaban cincuenta y ocho minutos. Las cámaras mostraban una farmacia vacía durante todo ese tiempo. Un sobre había desaparecido del mostrador; quedaban el otro y un círculo húmedo de la mano de Leila. Su carpeta contenía documentos legibles, pero su nombre se había borrado del índice. En el móvil de Nina apareció una alerta policial: LEILA PRICE, vista por última vez el martes. Leila estaba a su lado, temblando y furiosa. Nina comprendió que sobrevivir a una hora borrada no significaba que la ciudad reconociera a quienes habían sobrevivido.